Material exclusivo para utilizar en el baño

jueves, 2 de octubre de 2014

Please, see me


Maybe
Yoy don´t have to smile so sad
Laugh when you’re feeling bad
I promise I won’t

Chase you
You don’t have to dance so blue
You don’t have to say I do
When baby you don´t

Keira Knightley – Bigin Again



Me lo había prometido, incluso jurado. No bebería alcohol en toda la noche; tampoco saldría a bailar.
Finalmente volví a traicionar mi templo y mi mente. No sólo bebí demasiado, también terminé saliendo a ese boliche al que no quería ir y del que más tarde lamentaría la decisión tomada (como siempre).
Era el cumpleaños de Fran, la reunión fue en la casa de Marcos.
Llegamos con Fede tomados de la mano y al ver al anfitrión nos dimos un beso de lengua explicita, bien babosa, con la intención de fastidiarlo. En el prontuario marica, Marcos nos llevaba unos cuantos años de ventaja, y con ellos, una larga lista de autoprejuicios. Pero nos divertíamos, a veces como pantalla a la soledad, a veces porque la noche del sábado está hecha para eso -¿y “eso”, en cuántas variedades se aprecia?... a gusto e piacere, pero no todos son bien vistos, susurró, guiada por la costumbre, la voz que convivía entre mis razonamientos y placeres-
Lo de siempre, momento agradable entre amigos, buena música y alcohol a canilla libre. Difícil resistir la tentación, más que nada luego de tantos años de costumbre, como si el vaso acompasando el crepitar de los hielos bajo la humedad de los destilados hiciera más amigable los encuentros y permitiera la diversión.  
Culpar, palabra cargada de flagelos que como un cilicio nos oprime el pecho y condiciona la mente. La culpa es del alcohol. Pero sin él nada es lo mismo, ni los dichos ni los chistes, con sus ademanes desinhibidos y lacrimosos. Con él nos casábamos en cada encuentro, para que nos desatara las trabas y nos dejara contemplar la belleza en la miseria de nuestra rutina semanal; un trabajo que nos aburre y encarcela, obligaciones que nos ahogan, y una compañía con la que, en ocasiones, es más lo que se inventa que lo que se comparte.
En la fotografía era difícil distinguir con exactitud el momento preciso en el que los dos guardias de seguridad nos empujaban violentamente hacia la puerta, para terminar echándonos como perros vagabundos  -¿por qué se echa a esos perros?... Porque se les teme, me contestó la sombra, oscura y oculta- Ahora que miro con mayor detenimiento, ella tampoco aparecía en la foto. Respiro. Un suspiro se escapa de mi boca, en busca del alivio que siempre encuentra cuando no la veo retratada junto a mí,  allí,  donde los ojos brillosos que fijaban el objetivo, las manos tendientes al zarpazo como si se tratase de las garras extendidas de un gato cazador, y las bocas sedientas de una felatio apuntaban en dirección al pene erecto que el stripper hacia danzar, aceitoso y firme, frente a nuestros cuerpos. 
Ni los juegos de luces y sombras que provocaba la iluminación del local podía ocultar la evidencia, que ahora, a varios días de lo sucedido y sin la sangre etílica, se tornaba de una firmeza más contundente que aquella erección -¿Acaso no deberían habernos anticipado lo de 'se mira y no se toca' como en esos locales de vajilla para señoras paquetas?... se sobreentiende, es un stripper, no un taxyboy, me retrucó Niceto envolviéndose en su manto de invisibilidad- Es extraño,  lo busco desde que nos hablamos, prácticamente desde que nací,  pero ni siquiera cuando estoy solo, o cuando apago la luz; ni siquiera para darme un susto se hace visible. Prefiere mantenerse en las sombras, y hablarme desde allí. Al principio creí que estaba loco. Hablar solo es de gente insana, me había dicho un día mi mamá cuando de pibe me  observaba jugar en el patio en presencia de un desconocido que no veía pero con quien yo hablaba. Para esa época,  uno va adquiriendo las pautas de comportamiento y empieza a establecer los límites de lo que está bien y de lo que no lo está -¿Bajo la mirada de quién?... de la sociedad, necio. De los especialistas y de la educación... recitaba Niceto en mis oídos,  como el día en que establecimos aquel pacto secreto en el que sólo conversaríamos cuando estuviéramos seguros de estar solos-
La gente le teme a lo que desconoce, y era evidente que aquel fantasma de mi imaginación, ante la mirada de los otros, era producto de una mente perversa y enferma,  de mi locura, de mi inversión y soliloquio. Había que callarlo para que mi siendo encaje en la horma de sus zapatos. Para lograr el cometido, nada mejor que el colegio (si es religioso mejor), la psicóloga,  la psicopedagoga, el fonoaudiólogo y el pediatra. En ese entonces (incluso ahora) mi madre no frecuentaba el oráculo de las brujas; seguramente ellas lo hubieran entendido. 
Pero lejos de cualquier pronóstico, nunca pude desprenderme de Niceto, incluso recurría a él para evadir todas las situaciones difíciles y dolorosas, obligando a los especialistas a admitir que yo era un chico sano, que no había nada raro en mi comportamiento, que era cuestión de madurez, nada más. Me resultaba difícil entablar conversación con mis compañeros de clase porque lo que a ellos les resultaba divertido a mi me aburría. Ellos querían jugar a la pelota al tiempo que yo quería sujetarme de un poste y girar mientras el aire me pegaba en la cara, o quería sentarme bajo un árbol a leer en compañía del silencio y de la música que Niceto tocaba para mí.  Me gustaba saltar por encima de los charcos luego de la lluvia. Un día, luego de un fuerte aguacero, salimos al recreo y me llamó la atención el arcoíris que reflejaban los espejos de agua que cubrían los baldosones del patio. Fui hacía ellos con la intención de beberme los colores y  me caí adentro. Luego de los retos y sacudones, la maestra, muy indignada, llamó a mi mamá. Ella, avergonzada no tardó en traer ropa para cambiarme mientras yo la esperaba parado en un rincón del aula, chorreando agua como regadera pinchada ante la mirada burlona y malvada de todos mis compañeros -¿Por qué no puedo ser invisible como vos?...- Silencio. En ocasiones, Niceto se tomaba vacaciones, a veces en momentos cruciales como ése, cosa que me enojaba mucho, pero que a la larga terminaba perdonándole. Uno siempre perdona a quién ama, y así alimentamos el quiste canceroso del pecado -¿por qué esa palabra no se borra del diccionario?... habría que matar primero a Dios boludo, y no creo que el Papa, aún siendo argentino, te facilite la tarea-
Cuando mi madre llegó, me llevaron a la dirección y recién allí,  en presencia del director y la secretaria me desnudaron, me secaron, me vistieron con la ropa seca y, como si no hubiera ocurrido nada, me volvieron a depositar en el aula, donde la maestra con una amplia sonrisa me acompañó a mi asiento. 
Más adelante, en la secundaria, durante una clase de cultura y estéticas, habiendo estudiado con pasión el renacimiento italiano, frente a una composición en la que una extraña presencia se encontraba de espaldas frente al David de Miguel Ángel,  el profesor le preguntó a un compañero que le dijera cuál era su apreciación sobre aquella figura extraña,  de dónde provenía,  quién podía ser.

— ¡¡¡El puto!!!.

          Sentí un dedo apuñalado mi espalda y la sentencia que resonó en todas direcciones.  Ahora yo era el stripper frente a la clase, con mi sexo retraído y todo el pudor a flor de piel. El puto que se quedaba en silencio mientras el profesor proseguía con las preguntas como si nada hubiera ocurrido, otorgando credibilidad a los hechos o como si quisiera evitar el compromiso de asumir que en ocasiones, una palabra requiere más atención que los atributos de Miguel Ángel  (ser un insulto llamado puto es de lo más placentero, y por suerte aún existe mucha gente que prefiere sufrir). El puto que habiendo perdido otra vez a Niceto, silenciaba su propia voz con la intención de ser invisible. La materia podía evaporarse, como el agua de la ropa tendida al sol, pero yo no tenía la habilidad de mi sombra en el arte de la bilocación, por ende evaporé lo único que podía, la voz. Y, como si fuera una planta, al mismo tiempo que la evaporaba, la respiraba. Desde ese día comencé a trabajar la huerta orgánica en el interior de mis vísceras,  regándola con palabras, sembrándola de emoción.
            La materia orgánica fermentaba y traspasaba la imagen. Me obligaba a tomar consciencia de que aquellos veinte o treinta kilos de más no eran sólo tejido adiposo. Eran el resultado de la maceración prolongada del compost intestinal, lo cual, desde los últimos años de escuela, me obligaban a venteos abdominales periódicos  -¿Por qué el ser humano debe contener los gases, hinchándose como zeppelin a punto de reventar?... por civilidad, nadie tiene por qué tragar la mierda de nadie- Niceto, ¡siempre Niceto!, tan claro y locuaz. Igual no siempre le daba la razón, a veces por terco, otras porque también pertenezco a la imperfección de los seres sintientes ¡Cómo si no viviéramos casi una vida entera cargando la mierda de otros! El invento de la lapidaria y mutiladora culpa, el ego y sus abyectas proyecciones, la bipolaridad con la que se normaliza la vida. Suelo pensar, en un intento por consolarme, que todo tiene que ver con la dualidad. Materia y energía, spin horario y antihorario, dos orejas, dos extremidades superiores e inferiores, dos testículos y dos ovarios, dos riñones, dos nalgas, dos pulmones, dos formas de ver el mundo y la negación del prisma. Menos mal que también existió Heisenberg para darnos la certeza científica de la incertidumbre -¿Qué hubiera sido del hombre sin la ciencia?... Incomodidad, suelta Niceto mientras controla mi mundo desde su Iphone-

            Finaliza septiembre con el rubor de la primavera entre sus días, y esta foto que se desliza de mis manos anunciando resaca sin alcohol; la del asombro -¿Cómo hacen éstos chongos para tener una pija tan grande?... se trucan, o quizá llegaron antes que vos al reparto de dones- Siento las sonrisas burlonas y respondo con balbuceos de desprecio. Cuando Fede se entere que nos echaron porque en su estado de ebriedad manoteó los dones del Strepper, se ruborizará y prometerá no beber nunca más aunque no se lo crea. 
            La estación de los nuevos brotes, equinoccio desfasado que confunde y altera, que se acomoda bajo los antojos y las buenas costumbres de los humanitos, que se tuerce adelantando el ocaso de un solsticio que aún no tiene en sus planes retirarse; todo para regalarnos algunos días más, plenos de festejos y borracheras adolescentes.
            Los seres humanos nos tornamos caprichosos, incluso con la naturaleza. Hacemos todo lo posible por encajar todo en un mismo molde, a costa de lo que sea, incluso de nuestra sanidad. Para no confundir, acomodamos los días, decidimos los sexos, normalizamos la vestimenta y los nombres. Los nombres propios terminados en O son de nene y los que terminan en A son de nena, así nadie se confunde (y yo que siempre quise ser Carla, pero con pito).
             La ambigüedad sucumbe.
           Luego normalizamos la noche del sábado y la salida del domingo por la tarde -¿Acaso no es un buen plan quedarme en casa mirando porno amateur y comiendo chocolate?... shhh, eso no se dice, recordá lo que hablamos del universo público y privado- Otra vez esa vocecita políticamente correcta molestando -¿Por qué no te vas a la mierda?... es que yo también prefiero mirar eso que estás viendo, sonríe Niceto mientras mastica una tableta de Milka-
             Termina el film, y con él mi chocolate. Retomo entonces la lectura de la última novela de Kundera bajo el susurro de la noche y de las sábanas. Sin querer comienzo a llorar. El arte y la literatura logran su cometido. El riego que abona diariamente mi Roxen estomacal brota como una fuente a través de mis ojos y de mis poros. De mi boca emanan las plagas como un grito agonizante. Me retuerzo y jadeo expulsando todos los no que fueron sí y me traicionan en pos de encajar en todos esos preceptos para ser una persona sociable, con doscientos ochenta y tres saludos de cumpleaños en el muro de Facebook cada año (in crescendo), asistencia a eventos de caridad, programando salidas con amigos a lugares en los que nunca disfruto, resignando las ganas infinitas de quedarme en casa al amparo de la música y los libros, de masturbarme a mis anchas, de apagar los teléfonos para que nadie invada este templo que es mi cuerpo, recitar mantras, prender sahumerios, escuchar el canto de los pájaros, comer frutas y almendras, andar en bolas y tomar mate a las tres de la madrugada.

             Y lloro, sigo llorando la falta de coraje, para que finalmente Niceto me devuelva la voz que pueda expresar todos los noes atragantados, para que el habla se torne piadosa y por una vez, por una sola vez en la vida disfrutar a mi modo sin sucumbir al modo de los demás -¿Por qué no puedo gritar y llorar en público manifestando tristeza?... te van a decir depresivo y te van a mandar al psiquiatra, el llanto aguántalo siempre, sentencia Niceto, al menos frente a los demás- Con todas esa normas y convenciones voy a hacer un lindo bollo de papel (doble hoja) y me voy a limpiar la cola… ¡Si tuviera tu valor…!. La soledad es el precio que pagan los espíritus libres.

2 comentarios:

  1. ¿Sabés? A mí, Niceto siempre quiso llevarme por buen camino. No me refiero al camino políticamente correcto. No. Hablo de lo que más le convenía a mi alma en pena para poder ser feliz, que incluye HACER felices a los que me rodearon a lo largo de mis 48 febreros. Y yo nunca le dí pelota; al contrario: diría que siempre hice lo contrario de lo que Niceto me indica. Nunca, pero en serio, NUNCA eh, pude sacar a Niceto de mi vida. Y un poquito antes y un ratito después me marcó cada uno de mis pasos en falso. Y sigo sin darle pelota. Qué pelotudo soy; busco en la terapia una justificación para todas y cada una de mis cagadas. Y sé que lo que en realidad necesito es corregir mi brújula y no perisistir en usarla sabiendo que está fallada. Gloria y loor, honra sin par a MI Niceto, padre de mi alma, mortal.

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  2. Impresionante. Tremendo. Dolorosísimo...

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